Gesell necesita amor y un insensible ya no la puede gobernar más

No es romanticismo ni inocencia entender que el amor es la gran y mejor herramienta de transformación social y política. Villa Gesell hoy está gobernada por una persona que carece de empatía, sensibilidad y fundamentalmente de amor. Cuando falta amor emergen los sentimientos de desvalorización y la baja autoestima y desde ese lugar, nadie, puede dirigir la construcción de una sociedad en base al mayor de los respetos que es el respeto a la vida. Dice la pacifista española Mabel Cañada que «todas las personas tenemos que asumir la responsabilidad de sanar nuestras sociedades». En La Villa es el momento del amor, ese que edifica valores y no edificios. Hay que desandar el desamor que atraviesa a la comunidad y generar vida, sembrar dignidad y amasar plenitud. Porque lo opuesto al amor es el miedo y el miedo atenta directamente contra la libertad. O acaso no queremos ser libres?

Hace semanas que vengo pensando en cómo repercute en la ciudad la falta de amor y la insensibilidad del representante máximo a nivel local que gobierna Villa Gesell hace dos periodos y medio. Son muchas las situaciones que diariamente como periodista veo, escucho, recibo y que no me hacen más que llegar a la conclusión que La Villa sufre mal de amores y que ya no puede ni debe permitirse entregar la voluntad a través de su voto a quien no milite a través del amor y la empatía.

Gustavo Barrera es una representación completa de la falta de sensibilidad, indolencia e indiferencia con la que un gobernante va ejerciendo la destrucción del primer valor humano que es el respeto a la vida. Cuando falta amor emergen los sentimientos de desvalorización y la baja autoestima y desde ese lugar y cada vez de forma más evidente, quien conduce los destinos de la sociedad geselina pisotea los derechos más elementales de la ciudadanía y desampara vulnerabilidades, eso si, disfrazado de hacedor.

Cuando hablamos de respeto por la vida, no podemos no hablar de la salud y si hablamos de salud, todas nuestras miradas se centran particularmente en el hospital municipal.

Un hospital municipal donde cada semana, en cada guardia y ante infinitas situaciones a través del tiempo, pasa, se ve y se siente lo mismo. Para no comprometer a nadie me voy a detener en lo que vi con mis propios ojos y en persona durante la madrugada de hoy cuando acompañé a mi hermano, que estaba de visita, porque después de un desmayo acontecido antes de ayer sintió dificultades para respirar.

Eran poco más de las 2 de la mañana cuando llegamos a la guardia. Había una pareja con un nene pequeño, una mamá con su hijita y un señor, que después supe, era familiar de alguien al que estaban atendiendo por un pico de glucemia.

Cuando llevábamos unos 30 minutos de espera, la mamá y el papá del pequeño que tosía en el pasillo empezaron a gritar en forma desesperada que el nene no respiraba. La escena duró 5 segundos pero fue suficiente para bañar de angustia el lugar. Golpeaban la puerta del consultorio mientras decían llenos de miedo: «Por favor, no respira, ayuda por favor». La puerta se abrió inmediatamente y un doctor se hizo cargo de la atención.

Mientras tanto, los que estábamos en la sala, impactados por lo ocurrido, nos acompañamos con la mirada. Los gritos cesaron, lo que daba cuenta de que el nene estaba mejor o por lo menos había salido de esa crisis de ahogamiento.

La mamá que aguardaba su turno con la nena me dijo lo que yo a esa altura suponía… hay un médico solo para todos. Cuando con mi hermano entendimos que la espera iba a ser larga, nos reacomodamos en el banco y diez minutos después nos sorprendieron gritos de varias personas y la frenada de un auto. «Ayuda por favor, ayuda!!!», se escuchaba el pedido desesperado desde la vereda.

Salimos y en un remis tres hombres, entre ellos el que esperaba a su familiar que estaba internado en la guardia y una enfermera, intentaban bajar en brazos a un hombre mayor que estaba desvanecido. Mientras ocurría eso uno de ellos reclamaba: «Nos dijeron que la ambulancia tenía para una hora».

A esa altura, la angustia se transformó en tensión, en temor, en sensación de desamparo, en impotencia y reviví cada una de las historias que cuentan los vecinos y las vecinas cuando denuncian las vivencias que pasan muchas veces cuando van al hospital o requieren, sin suerte, de la ambulancia.

Ahí estaba yo, en primera persona, corroborando los comentarios «no hay pediatra», «había un solo medico», «la ambulancia nunca llegó»… ahí estaba yo y con mi hermano que había entendido que era muy difícil que lo atendieran antes de que amanezca… ya eran más de las 3 de la mañana.

Mientras decidíamos si nos quedábamos o nos íbamos como habíamos llegado, me acordé de lo que expresa el movimiento de la seguridad del paciente, de la lucha de Gabriela Covelli y la ONG que preside, de los médicos que por debajo denuncian todo lo que pasa y no debería pasar en el hospital, de la inescrupulosa secretaria de Salud Lorena Romero Vega y su cómplice, la ineficiente directora del hospital Claudia Padilla, pero sobre todo de quien es el máximo responsable de que no se resuelvan las fallas del sistema de salud público geselino y la guardia sea el escenario más recurrente del grotesco que va siendo presenciado por diferentes espectadores y nuevos actores, sin que nada cambie. Y lo peor de ello, que se naturalice y se acepte, cuando la salud de las personas es lo que está en juego.

La pacifista española Mabel Cañada, considera que «todas las personas tenemos que asumir la responsabilidad de sanar nuestras sociedades». En Villa Gesell es el momento del amor, ese que edifica valores y no edificios. Hay que desandar el desamor que atraviesa a la comunidad y generar vida, sembrar dignidad y amasar plenitud. Porque lo opuesto al amor es el miedo y el miedo atenta directamente contra la libertad. O acaso no queremos ser libres?

«El pronóstico del hospital para el verano es ominoso. La guardia todos los días colapsa porque, es simple, faltan médicos», diagnostica alguien «consultorios adentro».

La vida está en riesgo, es así de claro y tenebroso el panorama. Sin embargo, Barrera sigue jugando a militar de la Ruta 11 hacia afuera y esquiva la mirada del foco de incendio que con su insensibilidad, desinterés y desamor, mantiene siempre «prendido fuego».

Son muchos años de desamor, la herida duele y es grande. Gesell necesita amor y un insensible ya no la puede gobernar más. Cañada sostiene que «la construcción de sociedad, exige de cada una de las personas un esfuerzo, una responsabilidad, una aportación consciente para que el crecimiento inherente a las sociedades humanas, sea armónico, justo, igualitario y equitativo».

En ese sentido, la pacifista advierte: «Hay que buscar un elemento que no pueda ser absorbido por el sistema, que destruya a su paso todo condicionamiento social, que no quepan las corrupciones, que sea inmune a las falsedades y la podredumbre política. Que cree sin cesar y siempre en función del bien común, de la vida con mayúsculas, del reparto equitativo pase lo que pase, que sea capaz de reunir en la misma mesa a enemigos de todas las vidas y que todos salgan esperanzados, que todo lo que toca se transforma en posible, que desintegre la publicidad engañosa… ese elemento, esa cualidad, solo existe en el amor».

Moreno Marimom y Sastre Vilarrasa, autoras del libro Amor y Política, la Imprescindible sensibilidad de la política, se preguntan: ¿Representan algún papel el amor y los sentimientos a él asociados, en el buen gobierno y en la búsqueda del bien común? Y afirman la importancia que tiene la relación que existen entre dos de las construcciones humanas que pueden provocarnos el mayor bienestar o sumirnos en la mayor de las miserias: el amor y la política. Por eso centran su análisis en cuanto a la importancia que tiene la capacidad intelectual con la emocional a la hora de gobernar.

Mientras deseo que la salud del nene que quebró en susto a sus padres se haya reestablecido, que el paciente diabético que tuvo la suerte de que una ambulancia haya acudido al llamado esté bien, que el señor que llegó morado en remis al hospital porque ya la ambulancia no pudo responder al pedido esté a salvo, que mi hermano llegue rápido a su ciudad para atenderse en una clínica y que el médico de anoche haya podido realizar su arte de curar de la manera más entera posible, me quedo pensando en el hashtag #faltanmedicos. Lo dejo para un próximo editorial.

Jorgelina Mena