Hoy podemos celebrar que indetectable es sinónimo de intransimisible. Y sin embargo, también hoy, el estigma no ha desaparecido. 1 de diciembre se celebra el Día Mundial del Sida. Una jornada que sirve para dar a conocer todos los avances que se están haciendo contra la enfermedad y concienciar a la sociedad al respecto. Un día en el que muchísimas personas se animan a visibilizar sus vivencias. Es el caso del escritor Roy Galán, que ha emocionado a muchos hablando de su madre, que murió de sida en 1994
Mi madre supo que tenía el VIH en octubre de 1988. Una rotura de fémur que no acababa de soldar fue lo que hizo que lo descubriera. Murió de Sida en el verano de 1994. Yo tenía 13 años. Al crecer, al hacerme mayor, al sobrevivirla, lo que más me dolió fue pensar que ella se pudo haber sentido responsable porque un virus llegara a su sangre cuando el mundo está lleno de virus, de elefantes y marismas. Lo que más me entristeció fue pensar que ella pudo haber sentido algún tipo de vergüenza, que sintiera que se lo merecía, que era un castigo porque era mala. No me gusta pensar que ella pudo sentirse así porque mi madre no era mala. Mi madre no se merecía una enfermedad ni ningún castigo. Mi madre era una mujer que estaba muy viva. Porque para que algo exista es imprescindible la vida, porque para portar algo hace falta oxígeno, células, carne y piel. Mi madre dejó este planeta y el planeta cambió. Hoy podemos celebrar que indetectable es sinónimo de intransimisible. Y sin embargo, también hoy, el estigma no ha desaparecido. Un estigma que hace que mucha gente viva con miedo al rechazo. Ningún ser humano quiere ser rechazado. Nadie debería sentir que su existencia pone en peligro a otras personas. Nadie quiere estar solo o sola. Los seres humanos necesitamos que nos acaricien sin temor, que nos abracen y nos muestren afecto y nos cuiden y nos digan que todo va a ir bien, que nos traten con naturalidad, que nos proporcionen alguna certeza y un lugar en el que poder descansar. Mi madre tenía Sida y lo decía en la radio con orgullo y repartía preservativos en la calle en Carnavales. La recuerdo con el lazo rojo en la solapa sonriendo al darlos. Ella hacer algo bueno de lo malo que le pasó. Eso es lo más bonito que aprendí de ella. Que lo importante no es lo que te sucede: es lo que tú haces con aquello que te sucede. Con o sin virus, esta existencia es una vez. Una única oportunidad para el destello y para la alegría y para todo lo que está en medio y que no es tan bonito. Con o sin virus, sigue habiendo estrellas fugaces, abismos y ciervos. Merecemos el mismo amor que los demás. Sin culpa. Y sin miedo.

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